No
lo pueden evitar. Aquellos que pese a todas las maldades y defectos
que día a día agobian a quienes vivimos en estos tiempos malos no
pueden remediar señalara una diferencia clara, visible, sensorial e
irrefutable a favor de los tiempos modernos, y es la cuestión de la
limpieza. Cierto que ya Ivan Illich señaló cómo la limpieza en las
sociedades modernas había llevado consigo la desensorialización del
ser humano hasta tales extremos que ya no podemos apreciar cómo
huele un ser humano…mal por supuesto y tenemos que embadurnarnos
con las excrecencias olfativas de flores y otros animales.
Pero,
además, hay una cuestión que no parece haber llamado mucho la
atención cual es que frente a la suciedad antigua los hombres
disponemos de todo un aparato sensorial que nos avisa y nos protege:
una comida que sabe o huele mal no es segura, un sitio de olor fétido
o pútrido de siempre se ha considerado fuente de miasmas, la
explicación de las epidemias antes de la teoría microbiana.
Centurias de evolución habían preparado a los hombres para
enfrentarse con esas fuentes de peligro. Pero ¿y ahora? ¿de qué
valen nuestros bien aquilatados sentidos contra esas fuentes de
enfermedad y muerte que son el centenar largo de miles de compuestos
químicos que la industria tiene a bien introducir en los objetos que
tan felices parece que nos debieran hacer? La suciedad moderna es
incolora, insípida, inodora, y por tanto invisible, pero tan
peligrosa o más que la vieja suciedad de la que los sentidos
enseñaban cómo resguardarnos.
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