Tras verme obligado a seguir de modo ineludible (¡no hay otra opción viviendo en Madrid!) las "andanzas" de doña Isabel Diaz Ayuso en los últimos años por el terreno de la política, he llegado a la siguiente conclusión acerca de ella y su "manera de ver las cosas".
Y es que, en su comportamiento, sus reglas primarias de conducta han sido -para mí- las siguientes:
"nunca dejar que la gente "se enfríe", nunca aceptar la idea de que ella haya incurrido en un error o en una falta, nunca conceder el que pueda haber algo de bueno en sus rivales, nunca dejar abierta la opción de que haya alternativas a lo que ella propone, nunca aceptar ninguna culpa, concentrarse en un enemigo en cada momento y culparle de cualquier cosa que vaya mal, y actuar bajo las presunciones de que la gente se creerá antes una gran mentira que una pequeña, y de que si se la repite con la suficiente frecuencia la gente la acabará creyendo".
Así es ella. No creo equivocarme mucho. Y me da la impresión de que muchos de sus partidarios estarán de acuerdo con esa descripción. E, incluso, que les parecerá no sólo adecuada sino, además, correcta políticamente, como ejemplo de conducta política.
El caso es que esas características que he identificado en doña Isabel Díaz Ayuso corresponden, punto por punto, al pie de la letra, a las que identificó la Oficina de Servicios Estratégicos de los Estados Unidos a mitad de la II Guerra Mundial en un informe acerca de la psicología de Adolf Hitler, tal y como lo cuenta David Robert Grimes en las páginas 14-5 de su libro"The Irrational Ape". Curiosa coincidencia.
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