No puedo evitarlo. Leo a un filósofo y me vuelve a chirriar su discurso. Y es que, sea cuál sea su contenido, o sea de de qué va, o bien al empezar o bien al poco de empezar habrá salido el protagonista, el de siempre: el hombre o los hombres. Pero ¿de qué hombre u hombres hablan todos esos filósofos? Pues está claro que de la exigua minoría que son como ellos: filósofos. Mi empirismo radical no los encuentra en las calles, bares, metros, autobuses y atascos. No aparecen por ningún lado en las juntas de vecinos ni en los campos de futbol ni en los mítines políticos ni en las asambleas de trabajadores.
No. La inmensa mayoría de los seres humanos, de los hombres de carne y hueso que viven sus vidas no son filósofos. Les trae al pairo los problemas heideggerianos del Ser y del Tiempo, así como de las andanzas históricas del Espíritu Universal hegeliano. Saben que existen no porque piensan sino porque sienten y desean. Y saben que la vida es físicamente lo suficientemente complicada y dura las más de las veces como para perder el tiempo buscándole a ese gato unos pies metafísicas. Como una vez señaló Ferlosio en uo de sus pecios, ¿conocerse a sí mismo? como objetivo siguiendo a Sócrates, ¡vamos!, ¡como si uno no tuviera cosas mejores que hacer!
Y es que, más de un siglo después de Darwin, todavía los filósofos (con excepciones destacadas como Schopenhauer o Nietzsche) no se han dado cuenta de que hay un hecho claro, y es que todos los hombres somos animales, dirigidos genéticamente hacia los mismos fines: sobrevivir y reproducirse, usando para ello diferentes estrategias, lo que nos hace pseudoespeciarnos. Que la subespecie humana de los filósofos pretenda que sus especializados modos de "buscarse la vida" son generalizables y aplicables al hombre o a "todos" los hombres es un abuso del lenguaje y una falsedad.
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