Dice C.S.Lewis que al igual
que no se pueden imaginar nuevos colores no se pueden generar nuevos
valores morales. Quizás esa misma restricción rija en el terreno de
las necesidades humanas, de modo que, al igual que sólo hay tres
colores básicos de cuyas combinaciones primarias, secundarias y
demás surgen todos los demás, tampoco haya más que unas pocas
necesidades básicas o primarias: las llamadas biológicas (alimento,
cobijo, vestido, medicinas) y las llamadas sociales (amor/amistad,
pertenencia, respeto).
No hay sociedad humana que haya tenido cierta
duración que no las haya satisfecho todas en mayor o menor grado
para la mayor parte de sus componentes. Lo que ello significa es que,
en el curso de la historia, no se crean nuevas necesidades sino
nuevas formas de satisfacer esas mismas y viejas necesidades.
De esa
tarea es de lo que se encarga la técnica. Ahora bien una técnica
que permita satisfacer la necesidad primaria de pertenencia vía, por
ejemplo, la comunicación mediante el teléfono sólo puede hacerlo
sustituyendo a la que previamente se encargaba de hacer lo mismo, y
sólo puede hacer esto último desvalorizando a la anterior. Si los
avances técnicos se dan inconexamente, poco a poco, una técnica
aislada poco puede hacer por desbancar a una precedente. El progreso
es lento, o lo que es lo mismo, controlable. Los avances técnicos
quedarían por lo general como curiosidades, juegos, artilugios para
la diversión o el arte.
Cosa distinta ocurre cuando hay algunos
avances especiales (el reloj mecánico, el telescopio, el estribo, la
imprenta, el ordenador,...) o conjuntos de avances que dan origen a
una revolución técnica en la que en poco tiempo, las sinergias que
se dan entre ellos arramblan con la estructura técnica precedente,
es decir, devalúan en un proceso aparentemente incontenible con
“todo el mundo previo”, o sea, con todas las formas precedentes
de responder articuladamente a las necesidades primarias.
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