Siempre que se habla de la
democracia, tarde o temprano, aparece el dicho de Churchill: La
democracia, you
know, es el peor de
los sistemas políticos si se exceptúa a de todos los demás. Con
ello se suele cerrar los oídos y las mentes a seguir con el asunto
pues ante la sola expectativa de la apertura del baúl de imágenes
de los sistemas “alternativos” infunde terror al más pintado.
Pero, aún aceptando que se trata del menos malo de los sistemas
políticos de
gobierno de la cosa pública no es menos cierto que, en multitud de
circunstancias, dista de ser el menos malo de los sistemas económicos
de gestión de la cosa pública. Muchos han sido los economistas que,
desde la obra pionera de Kenneth Arrow, han señalado las
ineficiencias económicas de las que adolece el sistema democrático.
Una de ellas, a las que no se suele prestar demasiada atención se
refiere a lo que se ha venido en llamar Paradoja
de la Conservación
que se refiere a aquellas situaciones en las que el anuncio de una
medida conservacionista (p.ej., la protección de un espacio o de un
recurso natural) desencadena un conjunto de respuestas por parte de
los agentes económicos por anticiparse de modo que se acelera su
deterioro hasta el punto de que cuando se impone la medida de
protección ya no queda nada que merezca la pena conservar (el monte
a conservar ha sido talado y parcelado, la playa ha sido
asfaltada,etc.).
Tal cosa no es sino un ejemplo de lo que se conoce
en la literatura económica como efecto de las expectativas
racionales que
informan el comportamiento de los agentes en los asuntos económicos
(y no sólo en ellos), que se traduce en la moraleja política de que
si se quiere tener eficacia en una política no hay que anunciarla
sino ejecutarla por sorpresa pues, caso contrario, los agentes la
anticipan adaptando a ella su comportamiento en persecución de sus
intereses propios de modo que como consecuencia la medida carece de
efectividad. Y ahí está el problema, pues es obligado para el
sistema democrático la discusión pública
de las medidas a
tomar, y más tarde su comunicación también pública e incluso es
exigible la posibilidad de que aquellos afectados planteen y opongan
sus alegaciones en defensa de sus derechos privados. Procedimientos,
todos ellos, democráticos, legítimos, adecuados pero ineficientes
pues privan a las decisiones tomadas de la eficacia que sólo la
sorpresa puede garantizar. Cierto, además, que tal ineficiencia
democracia se ha agudizado cada vez más conforme el desarrollo de
los medios de transmisión de información se ha acelerado haciendo
ya casi imposible las acciones decisivas que cogen a los agentes a
traspies sin darles tiempo a variar de comportamiento.
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