martes, 3 de septiembre de 2019

Psicología de urgencia


¿Me pasa sólo a mí o es algo que sucede también a otros? Me refiero a esa suerte de repelús, de auténtica dentera moral que, con motivo de cualquier catástrofe aéra o natural me vuelve  a pasar  conforme los telediarios de las diferentes cadenas informan de las medidas que las autoridades toman para enfrentar la tragedia. 

Sin la más mínima excepción todos los “periodistas” siempre enfatizan entre esas medidas la presencia de un monton de psicólogos, a lo que parece siempre jóvenes muy jóvenes (una cadena informó una vez en un caso particular que todos tenían menos de cuarenta años de edad), que ya sea voluntariamente o por motivos de su trabajo contribuían con su ayuda profesional a enfrentar la tragedia acompañando a los familiares de las víctimas en su dolor. 

Y ciertamente su papel era de lo más conspícuo pues nunca se ve ningún grupo de familiares de víctimas que no estuviese punteado por un par o más de psicólogos, todos, todos, vistiendo con orgullo esa camiseta naranja que se ha convertido en el uniforme que usan los que actúan en las grandes catástrofes, (y cuya justificación por cierto que se me escapa a la hora de la lleven para los terapeutas mentales pues si bien el naranja es uno de los colores de más alta visibilidad en el espacio cromático y por ello parece adecuado para los trabajadores que actúan en el lugar de una urgencia para facilitar su reconocimiento, es sin embargo excitante psicológicamente. Propondría por ello que estos psicólogos de urgencia vistieran en adelante con camisetas azul pálido, con seguridad menos estresantes psicológicamente). 

Algunos de estos psicólogos que en un caso concreto que recuerdo fueron entrevistados en los días siguientes al acontecimiento para contar cómo “ayudaban” a los familiares iban pasando por las sucesivas fases (a lo que parece cuatro, concreta y exactammente) que en la asunción de su desgracia “tenían” que pasar para que su desdicha cumpliese los criterios de “normalidad” establecidos. La consecuencia de esta manera tan profesional de enfrentarse al entero asunto conlleva alguna implicación tan curiosa como la de que esos mismos psicólogos aumentasen la carga de la tragedia con la del insulto para aquellos “anormales” (y por ende “enfermos” psicológicamente), aquellos por ejemplo cuyo “duelo” (la última de las fases) durara o bien menos de seis meses o más de año y medio. 

La desfachatez de estos psicólogos auténticamente sin frontera moral alguna llegaba al extremo de señalar que, tras su asistencia profesional, ellos también requerirían de terapia por parte de otros psicólogos pues como fruto de la cercanía con la desdicha y el dolor ajenos seguro que se iban a ver afectados (o sea, contaminados) psicológicamente.

Lo dicho. ¿Dios! ¡Qué dentera! Peor que la que produce el rasgueo de de la tiza cuando se rompe en la pizarra a la vez que la uña la araña. La siempre inconcebible y nunca asimilable muerte inesperada y no deseada de algún ser querido (Pero, ¡cómo puede hablarse de “asimilar” la muerte!) ha acompañado a los hombres desde siempre, y constituye uno de los elementos básicos de la tragedia de la vida humana. Cada quien vive esa muerte a su manera, y cierto, en la asunción de esa muerte, suele ser fundamental la ayuda, el cariño, la presencia y las caricias de otros seres queridos, conformadores de un grupo reducido, íntimo. Así ha sido siempre. También siempre ha habido en ese proceso de soporte alguien externo a ese grupo íntimo, alguien, sacerdote, mago, encargado de situar esa tragedia personal en un marco más amplio, en una cosmogonía que la explique. Pero lo que nunca hasta ahora había habido era “especialistas” en el proceso de duelo, completos desconocidos que acompañaran profesionalmente al grupo de los dolientes.

No conozco a nadie cercano a alguna víctima de ningún accidente de avión o de alguna catástrofe natural, por lo que no puedo hablar con certeza. Pero entre las muchas cosas admirables que los familiares habrán tenido que cuando les tocara el destino  una habrá sido la de soportar con entereza y educación a estos nuevos especialistas en ti ejemplos claros de aquella propaganda de El Corte Inglés, agradeciéndoles lo que nada les tenían que agradecer pues me pregunto qué demonios le puede decir un joven y desconocido psicólogo a quien ha sufrido la tremenda pérdida de un hijo o un hermano.

Aunque, a lo peor, estoy equivocado. Y sucede que sí, que esos psicólogos han sido de gran ayuda para los familiares de las víctimas, que su labor ha sido extremadamente meritoria y útil y saludable. 

Pues bien, si así ha sido no puedo menos que lamentarlo, pues ello no sería sino la última señal de que el proceso que señalara hace ya muchos años Ivan Illich está a punto de completarse enteramente. Illich, el radical sacerdote y filósofo de los años sesenta y setenta del siglo pasado sostenía que cada vez más éramos víctimas de las que llamaba profesiones inhabilitantes

Por ellas se refería a aquellas actividades profesionales realizadas por especialistas o expertos que, en nombre de su mayor eficiencia, ejercían un monopolio radical sobre la forma en que debía hacerse cualquier actividad humana,incluidas aquellas tan “humanas” que las hacen también los animales. 

Progresivamente, nos hemos acostumbrado y a eso lo hemos llamado “progreso” a que haya expertos que nos digan qué tenemos que comer y cómo, cómo tenemos que vestirnos, dormir, hacer el amor o respirar, qué adornos han de llevar nuestros cuerpos y lugares de habitación, qué es divertido y qué ya no lo es, cuál es la forma adecuada de tratar a los demás y cuál no, cómo tenemos que nacer y morir. Esos expertos, siempre eso sí en nuestro interés que curiosamente también es el suyo, definen nuestras necesidades y el modo de solventarlas, y al hacerlo con su actuación nos quitan nuestra autonomía y nuestra capacidad para acertar o errar, o sea, nos deshumanizan.

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