Leer literatura siempre ha tenido muy buena prensa. Al menos yo no conozco a nadie que se atreva o se haya atrevido a cuestionar los benéficos efectos educativos y morales de la lectura de novelas y la asistencia a obras dramáticas. Y, encima, puede ser divertido y como mínimo ayuda a "pasar el rato". O sea, leer literatura o ir al teatro son, para casi todo el mundo, todo ventajas. No es extraño que se obligue a hacerlo a los niños y jóvenes, como tampoco lo es que políticos, moralistas y -obviamente- autores de obras literarias o teatrales asistan con horror a la paulatina caída en los indicadores de lectura que se consolida año tras año.
La verdad es que es difícil por no decir imposible negar esos beneficiosos efectos tras la lectura de algunas de las grandes obras de los grandes autores. Sin duda alguna, y lo digo por experiencia, la lectura del Quijote cambia más o menos sutilmente y para mejor a quienes lo leen. Y les ayuda a vivir de una manera más profunda, más auténticamente humana. Y lo mismo puede decirse de otras muchas grandes obras de grandes autores, por ejemplo, asistir a una representación del Romeo y Julieta de Shakespeare o de la Celestina de Fernando de Rojas sin duda ayuda a cualquiera a entender su propia emoción amorosa.
Pero, reconozcámoslo, ¿puede decirse lo mismo de la inmensa mayoría de las obras literarias que lee la gente o ve en los escenarios? No. Seguro que no. Nada puede sacarse de la lectura de esa inmensa biblioteca novelera y teatral que inunda el mundo desde hace algunos siglos que no sea la satisfacción de esa baja pulsión, de ese bajo instinto que es el cotilleo.
Y es que la gente, la inmensa mayoría de la gente que lee novelas y va al teatro, lo hace para "ver" y "saber" cómo viven otros. Cómo viven sus vidas y mueren sus muertes. Cómo se aman y cómo se odian y cómo se engañan y mienten. O se que leen y van al teatro para cotillear. Porque da igual que ese cotilleo lo sea sobre personas reales o de ficción.
Y, claro está, como les pasa a todos aquellos que se dejan llevar por ese tan bajo instinto, a los lectores les pasa lo mismo que a los cotillas de siempre: que no viven su propia vida, pues pierden su tiempo satisfaciendo su compulsivo y perverso interés por cómo viven otros.
Así que, para mí, lo siento por tantos y tantos novelistas. No. Su trabajo no es un trabajo "bueno", un trabajo ético o moral. Simplemente, y como los traficantes de drogas duras, lo que hacen es suministrarle a sus lectores una suerte de droga que les roba la capacidad y la posibilidad de vivir una vida propia y autónoma, o como mínimo les ayuda a soportar y conformarse a unas vidas miserables sin incentivarles a cambiarlas.
martes, 18 de febrero de 2020
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