martes, 4 de febrero de 2020

GRACIAS A DIOS

No hay cosa que me aleje más de cualquiera que haya sufrido algún arbitrario desastre, alguna inmerecida desgracia, que oírle entonar un "gracias de dios" como mantra previo a la consideración de que las cosas le podrían haber ido todavía peor. Eso es lo que suelen hacer sistemáticamente muchos de los "creyentes" de cualquier religión. Tanto me irrita este comportamiento que me lleva a no compadecerles por su sufrimiento e incluso, en algunos casos, a dejarme llevar por el inhumano sentimiento de "justificar" sus males.  "Pero" -me digo- "¿cómo es que este desgraciado cretino se permite  a darle gracias a un dios, su dios, por no haberle puteado aún más, dado que como buen creyente él mismo reconoce que ese su dios es  el autor y causa de todo lo que le sucede". 

Los creyentes que así se comportan  son para mí el colmo de la bajeza moral como seres humanos. Su cobardía, su servilismo, raya en la más baja abyección. Y es que para mí, el Job bíblico es el extremo de la vileza moral. Nunca he entendido cómo las religiones pueden haber convertido su aceptación perruna de las desgracias que le manda un dios enloquecido, sádico, en ejemplos a seguir de buen comportamiento humano, a menos -claro está- que se entienda que con ello las religiones lo que tratan es de ensuciar las almas de los humanos para que estos se acostumbren no sólo a aceptar servilmente el ser esclavos de los imaginarios poderes del otro mundo sino también serlo de los poderes concretos y reales de este mundo.

Por el contrario, como ateo, admiro  la altura humana de los creyentes que, tras padecer una desgracia, maldicen a quien creen su "creador", a su dios por causársela. ¡No hay  mayor humanidad que la del pequeño y débil creyente que se atreve a rebelarse valientemente contra su arrogante y salvaje dios!   

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