Para los economistas, la
escasez es la última e inevitable realidad a la que hoy y siempre el
hombre –todos los seres humanos- ha de hacer frente. Los sociólogos
y algunos economistas críticos suelen señalar que quizás así lo
fue en el pasado, pero que hoy en las sociedades de la opulencia y
abundancia del llamado primer mundo la escasez ha perdido mucho de su
garra. Cierto que todavía es factible encontrar en ellas pobres de
solemnidad pero aun ellos, ricos son una vez que son pescados por las
redes de protección social. Pero los economistas se saben defender.
Siempre habrá escasez absoluta de un recurso, el tiempo, de modo que
hasta los billgueites del mundo son incapaces de tener dias de más
de 24 horas para disfrutar de sus riquezas materiales. Y, por otro
lado, la escasez como Smith, Marx, Mill y Keynes entre muchos otros
dijeron es relativa.
Uno puede tener mucho de algo pero será poco si en la sociedad en la
que vive la mayoría o su grupo de referencia tiene más que él de
ese algo. No es mala defensa, pero como todas las defensas deja de
ser un ataque. Aceptar que la escasez es hoy, en los países
avanzados, relativa es aceptar que su origen es social o valorativa
con lo que la pretendida neutralidad y objetividad de la ciencia
económica siempre mirándose envidiosa en el espejo de las ciencias
naturales se desvanece. Y, en efecto, la construcción de una ciencia
económica objetiva basada en la escasez requiere que su cimiento sea
incontestable, natural y objetivo como la roca: la escasez en sentido
absoluto.
Pero lo más curioso es que
esa escasez absoluta sólo ha existido muy de vez en cuando en las
sociedades humanas en momentos de catástrofes naturales o sociales
(como las guerras). Marshall Sahlins señaló ha ya tiempo que las
sociedades de la edad de piedra se pueden considerar como las
primeras sociedades de abundancia en la medida que existía un acople
tal entre sus recursos y sus necesidades que la abundancia de tiempo
libre, uno de los indicadores más claros de la abundancia hoy día,
era superior a la que se disfruta en las sociedades más avanzadas
-por cierto que parece que cada vez menos-.
Pero
aquí es reseñable el que, en algunos casos, la escasez en términos
absolutos, que se manifiesta en ese temible jinete del Apocalipsis:
el hambre es también socialmente deseada y provocada. William y
Dorothy Shack, una pareja de antropólogos que estudiaron a los
Gurage del sur de Etiopía encontraron que la mayor parte de Gurage
cultivaban y guardaban mucho más alimentos de lo que las familias
podían usar. Pasaban hambre a la vez que escondían alimentos en
pozos durante años de modo que lo guardado acababa incluso pudriéndose, por lo que su comportamiento no podía explicarse compo ahorro, como precaución ante la expectativa de tiempos todavía peores. La
ansiedad de hambre de los Gurage no parecía proceder de su entorno,
escribieron los Shacks, tanto como de “los valores de la
acumulación y la autonegación que impiden la diaria satisfacción
del hambre”.
Y lo mismo sucede con otras tribus como los Kalauna de Papúa Nueva
Guinea estudiados por el antropólogo Michael Young. Quedaría, sin
embargo, por satisfacer una cuestión más que fascinante: ¿cuál
sería la causa de esa anorexia social que a veces –como es el caso
de los Gurage- va acompañada por momentos de bulimia también ritual
donde los Gurage ingieren cantidades brutales de alimento? La
respuesta de los Shacks es en buena medida insatisfactoria en la
medida que acude a expedientes psicoanalíticos como el mayor o menor
desapego de los padres a los niños en su más tierna infancia. Quizás. Pero ninguna narración o relato psicoanalítico es aquí convincente pues se enfrenta a la también diaria constatación del crecimiento de la obsesidad por todas partes.
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