martes, 13 de abril de 2021

EL ESPIRITU OCCIDENTAL

 Y sin embargo. ¡Ay! Y sin embargo.... No puedo evitar sentir que en cada manifestación "negacionista" del Covid-19,  en cada "fiesta ilegal", en cada "fake news" que propala la idea de que todos los políticos encaramados a posiciones de poder mienten o de que no hay rico que no sea un ladrón, en cada absurda "terapia alternativa", en cada opinión de que el coronavirus fue creado artificialmente...en cada locura que se difunde en esos nuevos modos del "boca a boca" que son las redes sociales brilla no iluminando, cierto, sino deslumbrando, casi cegando,  una chispa del Espíritu Occidental, ese informe armatoste intelectual, ese batiburrillo de creencias, ideologías y sentimientos cuya base común es que cada ser humano  es un individuo y  que nada hay por encima de ningún individuo y que lo correcto por muy tonto o ineficiente que sea, es que cualquiera, en la medida que merezca ser un auténtico y completo individuo, en la medida que merezca ser un auténtico ser humano,  está obligado a rebelarse  ante cualquier intento de cualquier otro, sea quien sea,  por encaramarse ya sea sobre su espalda o sobre su cerebro.   

¿Será porque aquí, en el Occidente, la mayoría nunca ha logrado "progresar adecuadamente"  y  nunca ha logrado pasar en sus estudios de "educación para la sumisión" del primer capítulo en que se nos contaba que todos eramos Príncipes pues eramos todos hijos del mismo rey-dios?

 No lo sé. El caso es que no: buscaremos inútilmente esas muestras de rebelión y delirio en otros lugares en los que ese Espíritu Occidental no se halla encarnado. No lo hallaremos.  

martes, 30 de marzo de 2021

Sobre el uso de las mascarillas

 Decía Ferlosio en uno de sus pecios:

“Tener ideología es no tener ideas. Éstas no son como las cerezas, sino que vienen sueltas, hasta el punto de que una misma persona puede juntar varias que se hallan en conflicto unas con otras. Las ideologías son, en cambio, como paquetes de ideas preestablecidos, conjuntos de tics fisionómicamente coherentes, como rasgos clasificatorios que se copertenecen en una taxonomía o tipología personal socialmente congelada”.

Me ha venido a la mente este pecio cuando he leído que el Gobierno central ha decidido aumentar las obligaciones de usar la mascarilla en todo ámbito fuera del privado hasta el final de la pandemia, fecha que -por cierto-- la decidirá el propio Gobierno. De modo que -por ejemplo- si uno está sólo en mitad del campo o de una playa, sin otro ser humano en lontananza que no sea el piloto de un helicóptero de la Guardia Civil o el de un dron vigilante cual Gran Hermano orwelliano será multado si no llena el tapabocas reglamentario aunque sea físicamente imposible que contagie a nadie. Absurdo,

Pues bien, una de las "figuras" públicas más criticadas de modo repetido, pues merecido lo tiene, es la presidenta de la Comunidad de Madrid. doña Isabel Díaz Ayuso. Sencillamente, la considero lo peor que puede sucederle no sólo a la Comunidad de Madrid, sino a España en general. Lo peor, sin ningún paliativo.

Y, sin embargo , ¡ay, sin embargo! Haciendo honor al pecio de Ferlosio no puedo sino decir que las ideas no son como un "racimo de cerezas", de modo que muy a pesar mío tengo que reconocer y admitir que hoy -como ciudadano de Madrid- es ella y su absurdo comportamiento político mi última esperanza para poner un freno al absurdo decreto ley que endurece el ya duro uso de las mascarillas en este país, porque  no puede caber la menor duda racional de que es extremadamente peligroso que el poder político  obligue coercitivamente a cumplir normas estúpidas, manifiestamente irracionales.

En efecto,  como ya se señaló en otro lugar: https://www.rankia.com/blog/oikonomia/4654706-mascarilla-burka, en donde se analizó el uso de las mascarillas desde el análisis económico, su uso en todo lugar público independientemente de otras circunstancias por unas supuestas "razones" sanitarias es absurdo, delirante, y su imposición desde el poder político, dictatorial;  lo que le ha obligado, por cierto, al doctor Fernando Simón, que no comparte esa delirante extensión de la normativa de uso de las mascarillas, a un contorsionismo intelectual en sus comparecencias públicas que sería divertido si uno lo viese desde fuera de España conforme ha tratado de desmarcarse de esas recomendaciones delirantes sin negar al Gobierno su apoyo como su experto en pandemias.

Y es que, si las normas previas eran absurdas  entonces, en los momentos durísimos de la pandemia, hoy en que el 11% de los españoles tienen la protección que da la primera dosis de las vacunas y quizás  un porcentaje superior ha pasado la infección y está por ello inmunizados de modo natural, su extensión actual en la dirección de su endurecimiento no sólo son ha de ser calificada como más absurda todavía,  sino que su manifiesta estupidez obliga a que sean analizada desde una perspectiva no sanitaria.

Quizás se la pueda contemplar acentuando su lado cómico, que lo tiene. A mí, particularmente, esta norma gubernamental acerca del uso de las mascarillas me recuerda una vieja película de Woody Allen, Bananas. En ella, una vez que unos revolucionarios pseudocastristas toman el poder en una isla de cuyo nombre no consigo acordarme, pasaba para jolgorio de la audiencia que el primer decreto que aprobaban era obligar al pueblo a que se pusiera la ropa interior por fuera, para dar ejemplo y mostrar la limpieza del nuevo régimen. ¡Quién me iba a decir por aquel entonces que yo, que me reía a carcajadas de la estupidez de aquel "gobierno" revolucionario de chiste en la película de Allen, acabaría   también, como parte del pueblo español, sufriendo, no en una pantalla, sino en la realidad los delirios de un débil gobierno democrático empeñado en aparentar fortaleza por el tonto procedimiento de mostrar que también es más "papistas" que el Papa en eso de la limpieza y la asepsia!

Pero, quizás, la interpretación que haya que hacer sea más obscura. La que proporciona  Naomí Klein cuando estudia lo que define como "doctrina del shock". Es decir, la utilización de una situación catastrófica para "hacer" tragar a la gente unas políticas contra sus derechos que sólo pueden anticipar "cosas" peores. Y, aquí, de nuevo, recordar la famosa frase de Voltaire cuando nos advertía  de que había que tener cuidado con quienes nos hacen creer  absurdos pues nos harán hacer malignidades,vuelve a ser admonitoria.

Así que, por acabar como empecé, traeré aquí  otro de los pecios de don Rafael Sánchez Ferlosio:

"El que quiera mandar guarde al menos un último respeto hacia el que ha de obedecer: absténgase de darle explicaciones"

Que nos obliguen a llevar la mascarilla eternamente, si quieren, tienen la fuerza para hacerlo, pero que -al menos- no nos cuenten y pretendan hacernos creer que es por nuestro bien.

miércoles, 17 de febrero de 2021

LA CONDICIÓN HUMANA

 En su VI Tesis sobre Feuerbach, Marx dice:

la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales”

O sea que la existencia social concreta de cada individuo define su particular modo de ser, o sea su particular tipo o concreción de la esencia humana que es. Cierto. Como sabemos por los llamados "niños selváticos", aquellos que por diversas razones crecieron en "sociedades animales" sin contacto con otros humanos, sin relaciones sociales interhumanas por tanto, y que, luego, fueron hallados  e insertados contra su voluntad en  sociedades humanas, su integración en las mismas, su humanidad siempre quedó lisiada, coja. Nunca les pareció completa a las gentes de de esas sociedades. Sí, eran humanos...pero de "otra manera". No como ellos. Para Marx ello era lo natural. Su naturaleza humana , en su realidad, era diferente pues sus relaciones sociales habían sido muy diferentes.
 
Pero la implicación de todo ello es obvia. Como individuos, somos, en cada sociedad, y en sentido muy real, desiguales los unos para con los otros  pese a lo similares o parecidos que seamos en nuestras necesidades y deseos, no en abstracto, en eso que grandilocuentemente llamamos "naturaleza humana", sino en la realidad de lo concreto,  pues nuestras relaciones sociales son distintas desde el mismo momento en que nacemos en "sociedades familiares distintas". Y, también como individuos concretos,  somos de distinta naturaleza y condición conforme las relaciones sociales en que vivimos o nos viven cambian en el curso del tiempo para cada quien. 
 
Cierto es que ese "distanciamiento"  de nuestra naturaleza tal cual es es gradual. Todos quienes viven en una determinada época, en un determinado espacio, en un determinado entramado social, comparten muchas relaciones sociales, y por ello mismo, tienen una similar naturaleza. Se pueden entender.
 
Y es que, fuera del hecho de definir la naturaleza o la esencia humana por el patrón común antropológico de ser seres sociales, cada modo de sociabilidad se convierte o da lugar a  un tipo sustancialmente distinto de ser humano. No era la misma concreta naturaleza humana la de los hombres que pintaron Altamira o la de los bosquimanos que vivían libres y sueltos en el Kalahari todavía unas pocas décadas atrás que los que vivieron en la República romana o en la Atenas de Pericles o nosotros ahora. Ni lo eran tampoco los del mundo feudal ni los del mundo capitalista que le sucedió. Y hoy no somos iguales, no somos de la misma naturaleza, no tenemos la misma esencia concreta pese a la homogeneidad asociada a la globalización, nosotros, las gentes de Europa ni las que viven en  la China, pues como uno comprueba vez tras vez nuestras relaciones sociales son distintas. 

Y por ello, ¡cuán importante es elegir el medio social en que se desenvuelven nuestras vidas! Conforme, por desidia o por interés económico, permitimos que la lógica del mercado, la lógica capitalista, defina nuestras vidas sociales, ello no sólo nos da riquezas materiales sino que cambia incesantemente nuestra naturaleza. ¿En qué dirección? En la de hacerla más y más interesada y egoísta y competitiva. Dicho de otra manera, somos enteramente responsables de nuestra esencial naturaleza, por lo que debiéramos tener cuidado, mucho cuidado, en cuidar de las formas y los fondos de nuestras relaciones sociales para no acabar creando auténticos monstruos, como me da que estamos haciendo.

domingo, 9 de agosto de 2020

RITOS DE PASO

 Independientemente de sus resultados en terrenos "reales" como el económico o el político, el actual gobierno del PSOE de Pedro Sánchez parece haber acertado en el terreno "ideológico"  recuperando para el laicismo espacios fundamentales.

Desde siempre, o sea, desde hace casi veinte siglos, la Iglesia Católica ha cimentado su poder sobre las mentes, las ideas y las almas en el control de esas instituciones básicas del comportamiento social que son los "ritos de paso". Desde tiempo inmemorial han sido sus brujos o sacerdotes quienes han recibido o aceptado a nuevos seres humanos  dentro del grupo humano (a través del rito del bautismo), han controlado el tiempo y el momento en que un niño pasaba a ser un adulto (mediante el rito de la comunión y la conformación), han certificado la creación de las nuevas células de la sociedad: las familias (mediante el rito del matrimonio), y han otorgado los pasaportes y controlado la aduana para la otra vida (a través del rito de la extremaunción y la organización de funerales). 

No es nada extraño que se hayan opuesto como "gato panza arriba" a los intentos de quitarles esos instrumentos de control personal y social, del que además se han beneficiado pecuniariamente. Así se han opuesto al matrimonio civil y a las leyes de divorcio, se enfrentan a la legislación del control de natalidad, y pretenden controlar -su último reducto- el mundo de la muerte.

El que el gobierno de España haya tenido -ya era hora, por cierto- la capacidad de inventarse o generar unos funerales de Estado laicos y civiles para homenajear -no sé porqué, por cierto- a las víctimas de la epidemia de la COVID-19  creando  ex-novo todo un rito es -desde un punto de vista histórico- una auténtica revolución. No es nada extraña su desaforada respuesta, su acusación de recaída en el paganismo. Ladran, luego cabalgamos.

miércoles, 29 de julio de 2020

LA ESCASEZ


Para los economistas, la escasez es la última e inevitable realidad a la que hoy y siempre el hombre –todos los seres humanos- ha de hacer frente. Los sociólogos y algunos economistas críticos suelen señalar que quizás así lo fue en el pasado, pero que hoy en las sociedades de la opulencia y abundancia del llamado primer mundo la escasez ha perdido mucho de su garra. Cierto que todavía es factible encontrar en ellas pobres de solemnidad pero aun ellos, ricos son una vez que son pescados por las redes de protección social. Pero los economistas se saben defender. Siempre habrá escasez absoluta de un recurso, el tiempo, de modo que hasta los billgueites del mundo son incapaces de tener dias de más de 24 horas para disfrutar de sus riquezas materiales. Y, por otro lado, la escasez como Smith, Marx, Mill y Keynes entre muchos otros dijeron es relativa. Uno puede tener mucho de algo pero será poco si en la sociedad en la que vive la mayoría o su grupo de referencia tiene más que él de ese algo. No es mala defensa, pero como todas las defensas deja de ser un ataque. Aceptar que la escasez es hoy, en los países avanzados, relativa es aceptar que su origen es social o valorativa con lo que la pretendida neutralidad y objetividad de la ciencia económica siempre mirándose envidiosa en el espejo de las ciencias naturales se desvanece. Y, en efecto, la construcción de una ciencia económica objetiva basada en la escasez requiere que su cimiento sea incontestable, natural y objetivo como la roca: la escasez en sentido absoluto.
 
Pero lo más curioso es que esa escasez absoluta sólo ha existido muy de vez en cuando en las sociedades humanas en momentos de catástrofes naturales o sociales (como las guerras). Marshall Sahlins señaló ha ya tiempo que las sociedades de la edad de piedra se pueden considerar como las primeras sociedades de abundancia en la medida que existía un acople tal entre sus recursos y sus necesidades que la abundancia de tiempo libre, uno de los indicadores más claros de la abundancia hoy día, era superior a la que se disfruta en las sociedades más avanzadas -por cierto que parece que cada vez menos-. 

Pero aquí es reseñable el que, en algunos casos, la escasez en términos absolutos, que se manifiesta en ese temible jinete del Apocalipsis: el hambre es también socialmente deseada y provocada. William y Dorothy Shack, una pareja de antropólogos que estudiaron a los Gurage del sur de Etiopía encontraron que la mayor parte de Gurage cultivaban y guardaban mucho más alimentos de lo que las familias podían usar. Pasaban hambre a la vez que escondían alimentos en pozos durante años de modo que lo guardado acababa incluso pudriéndose, por lo que su comportamiento no podía explicarse compo ahorro, como precaución ante la expectativa de tiempos todavía peores. La ansiedad de hambre de los Gurage no parecía proceder de su entorno, escribieron los Shacks, tanto como de “los valores de la acumulación y la autonegación que impiden la diaria satisfacción del hambre”.

Y lo mismo sucede con otras tribus como los Kalauna de Papúa Nueva Guinea estudiados por el antropólogo Michael Young. Quedaría, sin embargo, por satisfacer una cuestión más que fascinante: ¿cuál sería la causa de esa anorexia social que a veces –como es el caso de los Gurage- va acompañada por momentos de bulimia también ritual donde los Gurage ingieren cantidades brutales de alimento? La respuesta de los Shacks es en buena medida insatisfactoria en la medida que acude a expedientes psicoanalíticos como el mayor o menor desapego de los padres a los niños en su más tierna infancia. Quizás. Pero ninguna narración o relato psicoanalítico es aquí convincente pues se enfrenta a la también diaria constatación del crecimiento de la obsesidad por todas partes.

1 Sharman Apt Russell, Hunger.An unnatural history (Basic Books, New York, 2005, 159)

viernes, 15 de mayo de 2020

NOVELA Y VIDA

Dejé de leer novelas hace ya muchos años. Exactamente cuando comprendí que mi vida ni había sido ni ya podría ser una novela. Se me había pasado el tiempo.

Y es que, para mí, leer novelas sólo puede ser lectura para aquellos que las pueden leer como una suerte de guías o historias de lo que otros han vivido y que animan al lector a vivir su propia novela, a vivir su propia vida de forma que pueda ser materia de una novela.

Las novelas son, pues, lecturas de juventud. De viejo te das cuenta de que, por delante de tí, ya no queda nada novelable.

Me sorprende por ello enormemente ver a adultos de vidas ya cerradas leyendo novelas. ¿No se dan cuenta de que nada que en ellas se les cuenta podría ya ser vivido por ellos?

Sólo se me ocurre una explicación a este comportamiento: quien ya de mayor lee novelas es como un cotilla. Exactamente igual a los que, incapaces de tener una vida propia, viven vicariamente la de otros. Son como los vecinos que espían con prismáticos la vida de los demás. Mala gente.

domingo, 3 de mayo de 2020

TABACO, MASCARILLAS, PUIGDEMONT Y EL BOE.Sobre el anarquismo del pueblo español

Fue a principios del año 2011. Iba de viaje por la provincia de Teruel, y en uno de su más olvidados  y bellos pueblos, paré en el único bar a tomar una cerveza y algo de comer. Llovía, y al margen del dueño/camarero tras la barra, sólo tres parroquianos de muy avanzada edad estaban dentro, sentados a una mesa bebiendo unos tintos. Al poco, dos se levantaron y se fueron afuera, a la intemperie, a fumar un cigarrillo. Yo no daba crédito. Pero  ¿por que -me pregunté- estos dos ancianos abandonaban el calor y el vino y se salían al frío y a la humedad por fumar un cigarrillo? 

La razón estaba clara: en el Boletín Oficial del Estado se acababa de prohibir definitivamente el fumar en bares y centros de trabajo. Y esos parroquianos cumplían esa prohibición a rajatabla, aunque no hubiera ninguna autoridad a la vista  que les obligase a hacerlo, aunque nadie de los presentes con total seguridad iba jamás a denunciar ni a ellos ni al dueño del bar por su "delito" si fumaban dentro. Me dí cuenta, por cierto, que aunque no saliese a fumar, el duelo del bar era también fumador y me pregunté si podría darse la situación en algún momento en que todos a la vez se saliesen a echarse unos pitillos.

Todo el mundo recuerda que, salvo en un par de locales que resistieron brevemente, el resto de establecimientos hoteleros  españoles obligaron al cumplimiento de la norma al 35% de españoles que fumaban, que la cumplieron sin decir chitón. Fue, sí, de chiste observar el disciplinado comportamiento del pueblo español fumador cuando unos días antes corría la voz de que la prohibición no tendría ningún éxito, que se convertiría en papel mojado,  porque sería una mayoría los que no la cumpliesen, porque los españoles eran y son y serán un pueblo rebelde.

Y es que en España, quien tiene el BOE tiene el poder. Y no por las multas o penas con las que amenaza, sino porque el pueblo español es sustancial o esencialmente obediente. ¿Qué se puede esperar de un pueblo que, en su epopeya mítica fundadora, tiene un héroe, el Myo Cid, dispuesto a ser de muy buen grado obediente, servil, si encontrara un buen señor (¡Oh!¡Qué buen vasallo si oviese buen señor!" se dice en uno de sus versos).

Es el pueblo español un pueblo de  vasallos. De servidores. De esclavos. Un pueblo, de natural, ovino, borreguil. Que sin embargo, y paradójicamente, se considera a sí mismo, indisciplinado, anarquistoide, rebelde.

Absurdo. Recuérdese que Franco se murió en la cama y que millones  sintieron su muerte en lo más profundo de sus borreguiles almas, como no es aventurado pensar que los corderos echarían en falta a sus pastores.

Y ¿a qué se debe tal sumisión? La científica razón para ese gusto por ser esclavo es, como no podía ser de otra manera, genética. Es, la de los españoles, una servidumbre genética. Fruto de la evolución, en su historia, del pueblo español. Y es que la historia de España, triste como pocas, como recordaba Gil de Biedma, se ha caracterizado por la continua expulsión y el exterminio de todos aquellos que tuviesen genes rebeldes, genes que sucitasen  la más mínima querencia por la libertad. Sí. Es posible que, hace siglos hubiera españoles amantes de la libertad, españoles rebeldes que se amotinaran ante los desplantes de los poderosos. Pero motínes como el de Esquilache o como en la afrancesada contra los de Napoleón y Pepe Botella quedan ya fuera de nuestro horizonte.

Y es que en esa auténtica limpieza étnica que los españoles borreguiles han practicado contra sus compatriotas rebeldes época tas época, descollaron los españoles del siglo XIX. Recuérdese que en los mismos tiempos en que los aires de revueltas y revoluciones corrían por Europa, el servil pueblo español desterraba a los liberales y tenía a gala recibir al déspota rey traidor Fernando VII, el "Deseado"  gritando por las calles madrileñas "Vivan las "caenas"! Y no sólo esta bovina querencia la habría manifestado el pueblo ovino de Madrid, pues desde su entrada por Fuenterrabía, los jóvenes de los pueblos por los que pasaba la comitiva real tenían a gala ser ellos quienes, uncidos como bueyes, arrastraran las carrozas. Pueblo ovino. Pueblo bovino.

De ese tipo de gentuza somos descendientes los españoles que estamos aquí y ahora. De ese tipo de chusma. Nada extraño es que las sucesivas guerras civiles que la Iglesia Católica y todo tipo de militares estrafalarios y asesinos han instigado contra cualquier tipo de progresismo libertario hayan vencido. ¿Cómo no iba a ocurrir tal cosa cuando la mayoría del pueblo tiene genes  de buey, genes de borrego! Y, por supuesto, ese comportamiento servil  de la mayoría de españoles deviene en asesino contra sus hermanos que, por extraña mutación genética, no heredan esos mismos genes.

Esa disposición a la obediencia se da abarca hasta en lo más mínimo. En estos días finales de la epidemia del coronavirus, es visible observar cómo la mayoría de las gentes, incluso los jóvenes -que en nuestro país son siempre de los más modosito, por llevar la contraria a esa idea extranjera idea de que los jóvenes son de por sí algo rebeldes-  van por las calles con guantes y mascarillas aunque ni siquiera el gobierno haya obligado su uso. E incluso, estos, los obedientes, los cumplidores con no se sabe qué obligaciones, miran mal a aquellos que se "rebelan" y quieren ir por ahí a "cara descubierta", no como los "chinos".

Y, para finalizar. No se crea que esta tendencia innata a la sumisión, al servilismo, a la obediencia, se da entre los españoles de por debajo del Ebro. Si hay un episodio que muestra a las claras que los genes bovinos u ovinos están metidos a sangre y fuego en el código genético de los españoles, de todos por debajo de los Pirineos, lo muestra a las claras  el ejemplo de Carles Puigdemont, el independentista y rebelde presidente de la Generalitat catalán,  y sus valientes huestes. Recuérdese. Sí, aquella tarde que valientemente proclamó entre himnos y proclamas la independencia de Catalunya. ¡Cuánta rebeldía! ¡Cuánto atrevimiento!...Hasta que  el BOE publicó la aplicación del famoso artículo 155 de la Constitución. Fue "mano de santo", o mejor "mano de pastor". Pues tras el BOE, los aguerridos independentistas no dudaron ni un instante: abandonaron consellerías y calles y se fueron disciplinadamente a sus casas y masías, a sus rediles. Como hacen las buenas ovejas. Como hacen los buenos borregos. Como hacen los buenos españoles.

Y ahí siguen. Y ahí quedó todo...hasta la siguiente. Ya Marx señaló que, en la historia, lo que se da una vez como tragedia luego se repite como farsa. Y así lo será más adelante. Y la razón es obvia: los catalanes independentistas son españoles hasta la médula. Españoles de raza ovina...como los demás. Sin la menor duda. Es lo que hay.

El sombrero

 En una de las entradas del Gog de Papini (¿o era de El libro Negro "?, da igual) recuerdo que se hablaba de no sé que rey de un país ...