jueves, 5 de septiembre de 2019

Las cadenas de la libertad de elección



La eficiencia económica se traduce en más bienes y por ende en más libertad de elección. Y, sin embargo, como nos recuerda Aldous Huxley, la libertad exige la presencia de ciertas dosis de ineficiencia. Por un lado, la eficiencia exige el cálculo, la precisión, el acomodo a un comportamiento maquínico, el seguimiento de las líneas de comportamiento más adecuado para conseguir unos fines lo cual está reñido con la discrecionalidad, la posibilidad de dejadez que requiere la auténtica libertad. Sólo es libre aquella sociedad que se puede permitir el lujo de ser ineficiente. 

Y, curiosamente, uno leyendo cómo se vivía en las pobres ciudades de la Edad Media encuentra esa libertad mucho más que en las opulentas ciudades modernas. El carnaval, las fiestas de locos, el despilfarro del arte gótico, etc. nos ponen ejemplos de cómo una sociedad elegía sin demasiada preocupación ser ineficiente. 

Y qué opinar de la siguiente opinión del filósofo Boris Groys en una entrevista publicada en El País, 26/7/08, donde a la pregunta siguiente :

¿Ha dicho que en la antigua Unión Soviética había más libertad que en los países capitalistas, ¿a qué libertad se refiere?” 

Responde: 

La única libertad es la des ser libres del trabajo. Y en los países comunistas gobernaba una burocracia que, por lo menos ésa fue mi experiencia, era bastante floja. Así que te podías escaquear con facilidad. Nadie puede escapar, en cambio, de las redes del mercado. Al mercado no puedes engañarlo porque dependes de él, del dinero que te proporciona para vivir. Hay una idea falsa en Occidente y es que la vida está llena de deseos. Pero si de verdad a alguien lo liberas de sus obligaciones, se va a dormir. La verdadera libertad es no trabajar . por eso había tanta libertad en los países comunistas, porque nadie daba ni golpe. Y por eso hay tan poca en un mundo dominado por el mercado”.

martes, 3 de septiembre de 2019

Psicología de urgencia


¿Me pasa sólo a mí o es algo que sucede también a otros? Me refiero a esa suerte de repelús, de auténtica dentera moral que, con motivo de cualquier catástrofe aéra o natural me vuelve  a pasar  conforme los telediarios de las diferentes cadenas informan de las medidas que las autoridades toman para enfrentar la tragedia. 

Sin la más mínima excepción todos los “periodistas” siempre enfatizan entre esas medidas la presencia de un monton de psicólogos, a lo que parece siempre jóvenes muy jóvenes (una cadena informó una vez en un caso particular que todos tenían menos de cuarenta años de edad), que ya sea voluntariamente o por motivos de su trabajo contribuían con su ayuda profesional a enfrentar la tragedia acompañando a los familiares de las víctimas en su dolor. 

Y ciertamente su papel era de lo más conspícuo pues nunca se ve ningún grupo de familiares de víctimas que no estuviese punteado por un par o más de psicólogos, todos, todos, vistiendo con orgullo esa camiseta naranja que se ha convertido en el uniforme que usan los que actúan en las grandes catástrofes, (y cuya justificación por cierto que se me escapa a la hora de la lleven para los terapeutas mentales pues si bien el naranja es uno de los colores de más alta visibilidad en el espacio cromático y por ello parece adecuado para los trabajadores que actúan en el lugar de una urgencia para facilitar su reconocimiento, es sin embargo excitante psicológicamente. Propondría por ello que estos psicólogos de urgencia vistieran en adelante con camisetas azul pálido, con seguridad menos estresantes psicológicamente). 

Algunos de estos psicólogos que en un caso concreto que recuerdo fueron entrevistados en los días siguientes al acontecimiento para contar cómo “ayudaban” a los familiares iban pasando por las sucesivas fases (a lo que parece cuatro, concreta y exactammente) que en la asunción de su desgracia “tenían” que pasar para que su desdicha cumpliese los criterios de “normalidad” establecidos. La consecuencia de esta manera tan profesional de enfrentarse al entero asunto conlleva alguna implicación tan curiosa como la de que esos mismos psicólogos aumentasen la carga de la tragedia con la del insulto para aquellos “anormales” (y por ende “enfermos” psicológicamente), aquellos por ejemplo cuyo “duelo” (la última de las fases) durara o bien menos de seis meses o más de año y medio. 

La desfachatez de estos psicólogos auténticamente sin frontera moral alguna llegaba al extremo de señalar que, tras su asistencia profesional, ellos también requerirían de terapia por parte de otros psicólogos pues como fruto de la cercanía con la desdicha y el dolor ajenos seguro que se iban a ver afectados (o sea, contaminados) psicológicamente.

Lo dicho. ¿Dios! ¡Qué dentera! Peor que la que produce el rasgueo de de la tiza cuando se rompe en la pizarra a la vez que la uña la araña. La siempre inconcebible y nunca asimilable muerte inesperada y no deseada de algún ser querido (Pero, ¡cómo puede hablarse de “asimilar” la muerte!) ha acompañado a los hombres desde siempre, y constituye uno de los elementos básicos de la tragedia de la vida humana. Cada quien vive esa muerte a su manera, y cierto, en la asunción de esa muerte, suele ser fundamental la ayuda, el cariño, la presencia y las caricias de otros seres queridos, conformadores de un grupo reducido, íntimo. Así ha sido siempre. También siempre ha habido en ese proceso de soporte alguien externo a ese grupo íntimo, alguien, sacerdote, mago, encargado de situar esa tragedia personal en un marco más amplio, en una cosmogonía que la explique. Pero lo que nunca hasta ahora había habido era “especialistas” en el proceso de duelo, completos desconocidos que acompañaran profesionalmente al grupo de los dolientes.

No conozco a nadie cercano a alguna víctima de ningún accidente de avión o de alguna catástrofe natural, por lo que no puedo hablar con certeza. Pero entre las muchas cosas admirables que los familiares habrán tenido que cuando les tocara el destino  una habrá sido la de soportar con entereza y educación a estos nuevos especialistas en ti ejemplos claros de aquella propaganda de El Corte Inglés, agradeciéndoles lo que nada les tenían que agradecer pues me pregunto qué demonios le puede decir un joven y desconocido psicólogo a quien ha sufrido la tremenda pérdida de un hijo o un hermano.

Aunque, a lo peor, estoy equivocado. Y sucede que sí, que esos psicólogos han sido de gran ayuda para los familiares de las víctimas, que su labor ha sido extremadamente meritoria y útil y saludable. 

Pues bien, si así ha sido no puedo menos que lamentarlo, pues ello no sería sino la última señal de que el proceso que señalara hace ya muchos años Ivan Illich está a punto de completarse enteramente. Illich, el radical sacerdote y filósofo de los años sesenta y setenta del siglo pasado sostenía que cada vez más éramos víctimas de las que llamaba profesiones inhabilitantes

Por ellas se refería a aquellas actividades profesionales realizadas por especialistas o expertos que, en nombre de su mayor eficiencia, ejercían un monopolio radical sobre la forma en que debía hacerse cualquier actividad humana,incluidas aquellas tan “humanas” que las hacen también los animales. 

Progresivamente, nos hemos acostumbrado y a eso lo hemos llamado “progreso” a que haya expertos que nos digan qué tenemos que comer y cómo, cómo tenemos que vestirnos, dormir, hacer el amor o respirar, qué adornos han de llevar nuestros cuerpos y lugares de habitación, qué es divertido y qué ya no lo es, cuál es la forma adecuada de tratar a los demás y cuál no, cómo tenemos que nacer y morir. Esos expertos, siempre eso sí en nuestro interés que curiosamente también es el suyo, definen nuestras necesidades y el modo de solventarlas, y al hacerlo con su actuación nos quitan nuestra autonomía y nuestra capacidad para acertar o errar, o sea, nos deshumanizan.

martes, 27 de agosto de 2019

Bovarismo e imprenta


Bovarismo es un término creado por Jules de Gaultier (Le bovarysme, 1902), para designar "el poder que tiene el hombre para concebirse otro del que es" y, por consiguiente, para crearse una personalidad ficticia y desempeñar un papel al que se atiene a pesar de su verdadera naturaleza y de los hechos. Este término fue sacado del nombre de Ema Bovary, la personaje de la novela Madame Bovary, de Flaubert. Gaultier amplió posteriormente el significado de "bovarismo", aplicándolo a todas las ilusiones que los individuos o los pueblos se forjan sobre ellos mismos. 

Según cuenta Aldous Huxley, Gaultier afirmaba que cada persona tendría su particular ángulo bovárico, definido como la graduación que separa su personalidad real de su personalidad bovárica. Individuos con un angulo bovárico de 180 grados se verían obligados a anular totalmente su personalidad real pues esta se encontraría en directa oposición a su personalidad bovárica, con los conflictos psicológicos que pueden esperarse. Por contra individuos con un ángulo de cero grados, serían “felices” en la medida que si personalidad real podría expresarse sin ambages pues coincidiría con la personalidad deseada. 

La cuestión es de donde surge esa personalidad bovárica para el caso general. Flaubert, atinadamente, señala dónde hay que mirar para buscar la personalidad bovárica. Así, Emma Bovary se creó una personalidad a partir de la lectura de novelas. Hoy, tras la revolución gráfica de los siglos XIX y XX a la literatura se le añaden el cine y la televisión como veneros donde dirigirse para buscar la personalidad bovárica. Pero el así razonar nos lleva, indirectamente, a señalar los tiempos previos a la revolución de la imprenta como más sanos psicológicamente en el sentido de que no se habían construido todavía modelos de personalidad a imitar de modo general. 

Cierto que desde Homero existen modelos de “conducta” que la literatura ha impuesto como aconsejables, cierto también que todas las religiones establecen así mismo decálogos de “conducta”. Pero en ambos casos son modelo de conducta no de personalidad los que se prescriben pues esa idea todavía les es ajena a los individuos. Es con la imprenta y el renacimiento, con la reaparición de la persona cuando surge la cuestión de establecer una personalidad deseada a la que se den conformar en la mayor medida posible los ciudadanos imitándola. Maquiavelo en El principe, Castiglione en El Cortesano empiezan ese ejercicio que ha llegado hoy a un punto casi final cuando ya no sólo tratamos de conformarnos psicológicamente a los modelo impuestos por la sociedad sino hasta físicamente mediante la moderna cirugía plástica. Posiblemente el punto final de la bovarización será cuando la moderna investigación en neurofisiología de sus frutos y ofrezca los métodos para conformar mediante una “cirugía” plástica del alma los individuos a la personalidad deseada socialmente. El mundo feliz de Huxley se habrá hecho por fín realidad poblado por individuos bien conformados con angulos bováricos cero.


lunes, 26 de agosto de 2019

Josep Pla Y EL "HOMO OECONOMICUS"


Uno de los axiomas que se predican del hombre económico y de cuyo cumplimiento se sigue el calificativo de racional que se le aplica a su comportamiento es el axioma de no saturación débil que vendría a decir que siempre hay al menos algo de lo que se desea tener más. 

En este axioma se traduciría, pues, la idea de que el ser humano siempre está necesitado de algo o de algo más, inextinguible sed de más o nuevas satisfacciones que justificaría por sí sola la necesidad del crecimiento económico y del progreso técnico, erigidos en criterios de valor –quizás no únicos, pero sí determinantes- de la bondad o pertinencia de la Política. 

Frente a este axioma y sus consecuencias, se alza la respuesta que –según cuenta Luis Racionero en El Mediterráneo y los bárbaros del Norte- dio Josep Pla al editor de una revista norteamericana que le ofrecía un suculento contrato por participar escribiendo artículos en la misma. Respondió Pla a esta propuesta  que no podía aceptar la oferta pues tanto dinero le desequilibraría el presupuesto. 

Cuán racional es esa actitud que a partir de unas necesidades busca el cómo encontrar la forma de satisfacerlas frente a la clara irracionalidad del homo oeconomicus “racional” que aparece en los libros de texto de Economía y que, en consonancia con el axioma de no saturación, siempre aceptaría un incremento en su presupuesto aunque ello le obligue luego a buscar frenéticamente nuevas necesidades que cubrir en las que gastarse sus mayores ingresos.

domingo, 25 de agosto de 2019

LAS MASAS Y EL PARAISO

"(Un alma buena)  Mi padre me contó cómo yendo una vez en un metro atestado hasta el extremo humanamente posible de apreturas, sus ojos se encontraron con los de un cura pequeñito que venía al lado de él, aún más agobiado y sudoroso que todos los demás a causa de la inferioridad de la estatura,y que mirándole con una sonrisa llena de dulzura y de soportación le dijo: "Así cupiéremos en el paraíso". Aquel corazón piadoso estaba dispuesto a aceptar que la Eterna Bienaventuranza fuese un lugar tan oprimente e incómodo como aquél vagón de metro con tal de que todos los hombres se salvaran"


Siempre, al leer este pecio de Rafael Sánchez Ferlosio, he sentido una punzada extraña: por un lado, he sentido la bondad del alma del curita de marras como ideal de comportamiento frente a tantos exquisitos de hoy que se asquean ante el mero contacto físico humano como segura fuente de contagio de todo un conjunto de enfermedades físicas y morales. 

Pero, por otro lado, ¡ay, por otro lado!, nunca he dejado de sentir que si todos cupiéremos así, de ese modo, como apretujados pasajeros de vagón de metro en el paraíso, éste dejaría de serlo para mí. Pues yo preferiría ser en tal caso de los pocos que, holgadamente, malviviéramos -es un decir- en el Infierno.Y es que no puedo imaginar infierno peor que ir eternamente de pasajero apretujado de vagón de metro. ¿Qué salvación sería esa, qué Eterna Bienaventuranza hay en estar como piojos en costura? 

Y me confirma esta predilección lo que, ya en estos tiempos y en este mundo, ha conseguido la industria destructora y contaminante  par excellence , o sea, la industria turística. A la manera de la Iglesia Católica, pero seguro que con mayor éxito profesional, ella ha conseguido llevar a los paraísos terrestres a ingentes cantidades de hombres y mujeres. Ha conseguido de este modo llenar de gente, como si de vagones de metro se tratara,  esos lugares que la Naturaleza y la Historia habían podido legarnos como auténticos anticipos estéticos de paraíso (Venecia, las islas griegas, el Museo del Prado o del Louvre, etc., etc.). 

Pero al hacerlo los han degradado irremediablemente a tal extremo que en ellos ya no hay ninguna paz ni belleza ni hermosura ni gracia sino agobio, mercado y basura. 

jueves, 15 de agosto de 2019

Globalización e incineración


Lewis Morgan apunta al inicio de su La ciudad en la Historia que es en los cementerios donde encontramos la base del derecho territorial, centro a su vez de todo derecho público y de todo derecho de propiedad. Que los muertos y el respeto a ellos se configuren en los sostenes del entramado entero de la sociedad de los vivos ya es materia de por sí jugosa. Pero la cosa se vuelve sobre sí misma cuando caemos en que con la incineración, los muertos pierden su lugar, y con él la sociedad de los vivos se descentra. Es sintomático que tal cosa se de a la vez que los procesos de globalización van desterritorializando crecientemente las sociedades.

lunes, 12 de agosto de 2019

El desprecio a los comerciantes


Leyendo El mundo de Odiseo de M.I.Finley uno se tropieza, una vez más, con el bajo aprecio que las sociedades precapitalistas han tenido por la figura del comerciante. Esto no puede sino chocar de modo especial con todos aquelloos que han aprendido de Adam Smith acerca de las virtudes no sólo económicas, sino también cívicas, de intercambio, lo cual debería obviamente conducir al respeto por quienes se encargan de gestionar y difundir los intercambios. 

Y, sin embargo, y como es de sobra conocido, tal no ha sido el caso. A veces se ha señalado que la explicación quizás pudiera estar en la ética cristiana o, más explícitamente, la ética católica si queremos aceptar con Max Weber el papel del protestantismo en la valoración social de los comerciantes, pero tal supuesto casa difícilmente con lo que nos cuenta Finley. Los griegos de aquella época, lo siglos XI y X antes de Cristo, despreciaban a quienes se dedicaban al comercio, como por ejemplo los fenicios, “ilustres en la navegación, pero falaces”. Finlay subraya que “la piedra de toque de lo que era aceptable y de lo que no era, no estaba en el acto del trato comercial, sino en la situación social del comerciante y en su modo de hacer la transacción”(81). El desprecio al comerciante y a sus modos de proceder considerados como engañosos, no directos como la rapiña descarada que fue bien vista hasta tiempos recientes, suscita la cuestión de si hay algo debajo, subhistórico, por así decirlo, o intrahistórico, como decía don Miguel de Unamuno. 

Viene aquí bien al caso las tesis de Mary Douglas (Purity and Danger) donde establece que en toda sociedad es lo que ocupa las posiciones intermedias lo que es considerado monstruoso y por ende despreciable. Lo ha sido siempre, por ejemplo, la serpiente que, sin patas como los peces, repta por la tierra. Lo han sido también los hermafroditas, siempre discriminados como seres diabólicos. Ahora bien ¿pudiera acaso ser el desprecio por los mercaderes otro ejemplo de esa repulsión hacia lo ambiguo? A fin de cuentas, el mercader ni era un trabajador asociado o ligado a la tierra ni era un caballero o noble que usaba de la violencia.

Los efectos del cambio climático en los cerebros de las gentes

 Uno de los efectos del cambio climático sorprendentes y catastróficos, y al que no se presta la debida atención, es que achicharra los cer...